lunes, 21 de octubre de 2013

DÓNDE ESTÁ LUCIANO ARRUGA? FAMILIARES Y AMIGOS EN VIGILIA / 5 DÍAS DE OCUPACIÓN



Familiares y Amigos de Luciano Arruga ocupan hace 5 días el ex Destacamento de Lomas del Mirador (Indart 106).


A la Justicia Federal y al poder político, que definan de una vez por todas cuál será el equipo antropológico que trabajara en el ex destacamento de Lomas del Mirador, donde tiempo atrás un georadar detectara movimiento de tierra; y en que fecha lo hara, ya que esta medida la venimos solicitando hace aproximadamente 2 años

Al Municipio de matanza, al poder politico provincial y nacional le pedimos por sobre todas las cosas, respetar a las víctimas y demostrarlo con hechos: que se expropie el ex destacamento de Lomas del Mirador y se trasforme en un espacio para la Memoria.

A la sociedad, le pedimos que nos comprenda y acompañe: el paso del tiempo es insoportable. Si a eso le agregamos las faltas de respeto y compromiso, esto se vuelve una enfermedad… nos van matando de a poco. Entiendan nuestra necesidad de gritar una y mil veces que queremos saber dónde está Luciano.

Aparición YA de Luciano Arruga
Juicio y Castigo a todos los responsables: civiles, judiciales, policiales, políticos.
Espacio para la Memoria SÍ; Repartición Municipal NO
NO a la Baja en la Edad de Imputabilidad
Fuera la Policía de Nuestros Barrios

Familiares y Amigos de Luciano Arruga

Contacto: 15 3764 4360

viernes, 18 de octubre de 2013

LUCIANO ARRUGA: FAMILIARES Y AMIGOS OCUPAN EX DESTACAMENTO DE LOMAS DEL MIRADOR

Aparición YA de Luciano Arruga!!






17 de octubre de 2013

AHORA. Familiares y Amigos de Luciano Arruga ocupan el ex Destacamento de Lomas del Mirador.


La impunidad dentro de esta causa nos impide tomar una decisión diferente, hace 4 años y 9 meses que respetamos los pasos institucionales; las trabas burocráticas y el agotamiento de instancias. Pero no saber dónde está Luciano, qué hicieron con él, a dónde lo llevaron; nos quita el aire, es la desesperación como estado de permanencia. Nos produce recordarlo a cada paso y preguntarnos por qué no actúa la Justicia, por qué nos mienten los funcionarios, por qué no se investiga ese lugar, por qué Luciano no está.

Hoy, el ex Destacamento donde fue desaparecido (en el que el primer peritaje demostró que muy probablemente Luciano estuvo allí), aún debe ser investigado (sí, después de 4 años y 9 meses) y por eso hay en vigencia una medida para protegerlo. Sin embargo, el cuidado de ese lugar nunca estuvo en sintonía con la gravedad de la causa, ya que funcionó como dependencia policial hasta el 28 de Diciembre de 2011. Es decir que los secuestradores de Luciano tuvieron 2 años y 11 meses para ocultar cuanto quisieron.Recién con el cierre comienza la medida que mencionamos, tendiente a “proteger” y “preservar” las posibles pruebas, esa medida es “garantizada” por gendarmería hace más de un año ¡Más de un año! Como familia, necesitamos que se aceleren los tiempos burocráticos para la investigación, tiempos que venimos tolerando desde el día en que se abrió la causa por la desaparición de Luciano.

Por eso es que le pedimos a la Justicia Federal y al Estado Nacional que arbitren todos los medios para que el equipo de profesionales comience a trabajar allí. La familia debe terminar con esta angustia innecesaria provocada por el paso del tiempo y la falta de respuestas. Necesitamos saber si en ese lugar hay algo que nos acerque a Luciano, entiéndanlo, por favor.

Aclaramos, entonces, que la medida que tomamos hoy plantea visibilizar nuestro Derecho a Saber la verdad y no naturalizar el paso del tiempo sin respuestas.

Nosotros queremos saber QUÉ PASÓ con Luciano, y para eso tiene que terminar YA la investigación antropológica forense en el ex Destacamento de Lomas del Mirador. Vemos justo exigirlo, no puede prolongarse el dolor a través de mecanismos perversamente burocráticos y oportunistas, decidimos resistirnos a creer que siempre gana la impunidad. Queremos que respeten a Luciano Nahuel Arruga, Desaparecido en Democracia, y queremos que nos respeten en vida a los familiares y amigos. Por favor: BASTA de silencio, necesitamos respuestas y la búsqueda de la verdad debe ser garantizada por TODOS los poderes en TODAS las instancias.


Pedimos respeto y celeridad; muchos fueron los funcionarios (locales, provinciales y nacionales) que se sentaron con nosotros para escucharnos, se comprometieron a hacer pero no volvimos a saber de ellos, y ese es el SILENCIO que los hace cómplices.

Una de nuestras principales consignas cuando se llevaron a Luciano fue el cierre del Destacamento de Lomas del Mirador y su recuperación en un Espacio para la Memoria, consigna que sigue en pie. Una vez terminada la investigación, este lugar debe transformarse en una prueba objetiva de lo que generan los discursos que discriminan y criminalizan a pibes y pibas de barrios pobres. Aquí, en este lugar inaugurado en el año 2007 por un pedido de seguridad, se llevaron a Luciano, lo torturaron y hoy lleva 4 años y 9 meses desaparecido.Exigimos al Municipio de matanza, por sobre todas las cosas, respetar a las víctimas y demostrarlo con hechos: que se expropie el ex destacamento de Lomas del Mirador y se trasforme en un espacio para la Memoria.




No queremos que nos utilicen, no queremos que se saquen la foto con nuestro dolor. Queremos que cumplan con la palabra que han dado.



A la sociedad, le pedimos que nos comprenda y acompañe: el paso del tiempo es insoportable. Si a eso le agregamos las faltas de respeto y compromiso, esto se vuelve una enfermedad… nos van matando de a poco. Entiendan nuestra necesidad de gritar una y mil veces que queremos saber dónde está Luciano.

Nosotros, a cambio, nos comprometemos a trabajar en ese lugar que trasformaremos (el ex destacamento de Lomas del Mirador), de forma absolutamente independiente del Estado, porque entendemos que no hay otra manera de combatir la Violencia Institucional.

El derecho a saber QUÉ PASÓ con Luciano es de TODOS, y TODOS debemos hacerlo respetar


Por todo lo expresado anunciamos que hoy, jueves 17 de octubre, siendo las 6 de la mañana, los Familiares y Amigos de Luciano Arruga estamos ingresando en este momento al ex Destacamento de Lomas del Mirador con el objetivo de ocupar el espacio delantero hasta que el Poder Político y Judicial cumplan las siguientes consignas:


Que se termine YA la investigación antropológica forense en el ex Destacamento de Lomas del Mirador, queremos saber DÓNDE ESTÁ LUCIANO

Que se expropie el ex Destacamento de Lomas del Mirador y se convierta en un Espacio para la Memoria cedido definitivamente a los Familiares y Amigos de Luciano Arruga


Explicaremos la situación en detalle hoy mismo a las 15hs en una conferencia de prensa aquí mismo, en Indart 106 (a metros de San Martín y Mosconi). 

Los esperamos.


Aparición YA de Luciano Arruga


Juicio y Castigo a todos los responsables: civiles, judiciales, policiales, políticos.


Espacio para la Memoria SÍ; Repartición Municipal NO


NO a la Baja en la Edad de Imputabilidad


Fuera la Policía de Nuestros Barrios



Familiares y Amigos de Luciano Arruga

Contacto: 15 3764 4360






Luciano Arruga, de 16 años, está desaparecido desde el 31/1/09. Fue visto por última vez con vida en el entonces Destacamento policial de Lomas del Mirador.Los peritajes realizados y los testimonios obtenidos en la causa que investiga su paradero confirman nuestra sospecha: la policía sabe dónde está. Tiempo antes de ser secuestrado, los efectivos del Destacamento le habían ofrecido robar para ellos en zonas liberadas. Luciano se negó y comenzó a ser sistemáticamente detenido y hostigado. Queremos que la carátula de la causa cambie de "Averiguación de paradero" a "Desaparición forzada de persona", y que los 8 policías implicados sean juzgados. Queremos a Luciano con Vida ¡YA!
Contacto: dondeestaluciano@gmail.com


domingo, 13 de octubre de 2013

LA MASACRE DE LOS PILAGÁ por Por Sebastian Hacher



"Todo está escondido en la memoria,
refugio de la vida y de la historia."

León Gieco, "La memoria"








Los pilagás -principales víctimas de la matanza- son un pueblo de la familia Guaycurú que habita en el centro de la provincia de Formosa y en Chaco. Junto a los abipones, mocovíes y tobas, fueron llamados "frentones" por los españoles, y guaycurúes por los guaraníes por la costumbre de raparse la parte delantera de la cabeza. Hablan su propio idioma junto con el castellano. Actualmente (2007) existen unos 10.000 pilagás repartidos en 19 comunidades en el centro de la provincia de Formosa. Antiguamente fueron cazadores y recolectores. Entre los frutos que recolectaban estaban los del algarrobo, chañar, mistol, tuna y del molle.





La masacre de los Pilagá


Por Sebastian Hacher
sebastian@riseup.net



"Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos."


Era una noticia vieja. En Octubre de 1947, cientos de aborígenes Pilagá que marchaban con grandes retratos de Perón y Evita fueron atacados con ametralladoras por la gendarmería. Hubo más 500 muertos y 200 desaparecidos, pero los hechos salieron a la luz recién en el 2005, a partir de una demanda de la Federación Pilagá contra el estado nacional. Esa historia escueta, contada en lenguaje legal, me obsesionó. Intenté ir a Formosa en Enero, pero desistí: me advirtieron a tiempo que el calor del verano reduce la actividad de los formoseños al mínimo y convierte al visitante en materia prima de chicharrón. Recién en Septiembre, tuve la oportunidad de ir a conocer a los sobrevivientes de la masacre. Tomé un micro hasta Corrientes, paré para dormir un rato, después tomé otro, y otro más, y luego de 24 horas, el sábado por la mañana llegué hasta Las Lomitas, provincia de Formosa, el centro urbano más cercano a las comunidades Pilagá. 
Y aquí estoy. Las Lomitas es un pueblo de 10.000 habitantes, sin cines ni lugares para comprar libros. Durante la semana, además de dos cibercafés que abren hasta la madrugada, la única diversión urbana es un pequeño casino electrónico donde siempre hay bicicletas jornaleras estacionadas. El lugar parece maldito. "Ahí", me advierte la dueña del único bar que encuentro, "entrás con todo el sueldo y salís sin una moneda". Yo, por las dudas, trato de ni pasar por la puerta. Porque si en otros pueblos suelo entregarme a los video juegos, aquí la necesidad de quemar neuronas ociosas puede resultar mucho más cara que ser humillado en el counter strike por un niño de doce años. El problema, la tentación, es que en mi primer día allí tengo poco y nada que hacer. Llegué casi de improviso, y todos mis contactos están de viaje, enfermos o con otras ocupaciones más importantes que recibir a un porteño.

El domingo por la tarde, por fin, llego hasta una comunidad Pilagá. Me lleva Cesar, un criollo que trabaja en el proyecto de asesoría jurídica para indígena. Desde hace dos días Cesar tiene gripe, pero ante mi insistencia se levanta de la cama y vamos hasta Ayo La Bomba, a tres kilómetros del pueblo y a dos de donde comenzó la masacre. Al volver a la zona, varios de los sobrevivientes se instalaron en esos campos, y hoy Ayo la Bomba es una comunidad con más de 200 habitantes, un templo, un centro comunitario y una escuela que quiere ser bilingüe. 
Allí también hay un traductor: Juan Luis Arce. Como es domingo, el lugar para encontrarlo es el templo. Casi todos los Pilagá son evangelistas, y la iglesia es el edificio más grande de la comunidad, un salón de ladrillo sin revocar y por ahora sin techo. Cerca del mediodía todavía hay poca gente. Un niño va a buscar a Juan Luis, y mientras tanto yo converso con su padre, el pastor Antonio Arce. Hoy Antonio viste una camisa Yves Saint Laurent, pero mañana lo voy a encontrar volviendo del monte con medio carpincho al hombro, bañado en tierra y sudor. Al igual que muchos de los Pilagá de su edad, Antonio se crió entre la marisca -así llaman aquí a la caza y recolección- y el trabajo en los ingenios azucareros de Salta, a cientos de kilómetros de su lugar de origen.

Juan Luis no tarda en llegar. Tiene 22 años y me mira con desconfianza. Más tarde sabré que está acostumbrado a tratar con criollos, y que por eso acumuló motivos para mantener distancia. Antes fue agente de salud de su comunidad, luego se fue a trabajar en una panchería del Gran Buenos Aires, y volvió a sus pagos para formar parte de la asesoría jurídica indígena. Ahora, cuando hay un juicio donde intervienen indígenas, Juan Luis está ahí para traducir y ayudar a sus paisanos. 
A primera vista, me recuerda a los jóvenes Mapuche que conocí en el sur. Son nuevos referentes comunitarios que, además de sentir orgullo de su sangre, ponen distancia del hombre blanco y sus valores. Por eso no me sorprendo cuando me pide el teléfono celular, y chequea que yo sea quién digo ser. En el monte, por suerte, también hay señal.


La primera entrevista es con Melitón Domínguez, un testigo que al momento de la masacre tenía poco más de 10 años. Ahora, con más de 70, descansa en una silla mecedora a la sombra de un árbol. A su alrededor varios niños comen un guiso, pero lo interrumpen y se esconden ni bien nos ven llegar. Melitón se para, nos saluda, acomoda unas banquetas para que no sentemos y vuelve a su mecedora. Juan Luis le habla en su lengua: supongo que le explica para qué estamos ahí. Melitón, en cambio, responde en castellano. Dice que llegamos en mal momento: justito que estaba por empezar a comer. Si se pasa la hora del almuerzo, se queja, se olvida del hambre, y si no tiene hambre a veces se queda un día entero sin probar bocado. Le pregunto si prefiere que volvamos más tarde. No quiero, le digo, ser recordado como el porteño que no lo dejó alimentarse. Se ríe y dice que no, que ya está. Respira profundo y, sin otro preámbulo, empieza contar su historia. No hace falta que hagamos preguntas: Melitón bucea en su memoria y entrecierra los ojos para encontrar palabras.

"Yo trabajaba en la gendarmería. Un finado que era porteño, un sargento ayudante que nos quería mucho, nos dice chiquitos, avísenle a su mamá porque mañana como a las 7 de la tarde le van a atacar. Nosotros vinimos, le contamos a nuestra madre y le dijimos que teníamos que ir ahí. No hijo, decía ella, le van a matar si van ahí. Y nosotros nos quedamos, porque teníamos que respetar a nuestra madre. Esa tarde, como a las siete y algo, ahí sobre el puente que están haciendo ahora, en esos algarrobos pusieron las ametralladoras y empezaron a los tiros. La gente escapaba para los montes. Un cuñado nuestro nos dijo "agáchense y pongan la cabeza en un árbol grande". Tenemos que respetar, y ahí nos agachamos y pusimos la cabeza en un palo, que palo será, no se, pero ahí pasamos la noche. Después escapamos hasta la entrada de Campo de Cielo. En un lugar donde llegamos cayó un pájaro y un viejo que entendía, dijo que el pájaro era como un teléfono, que le traía mensajes. Magayi se llamaba el viejito, era un rengo. El viejito nos dijo ‘prepárense, que ya nos encontró la huella la gendarmería". Ahora ya no hay más gente que sepa hacer esas cosas. Nos escondimos al costado del camino y pasaron los camiones de gendarmería. Los gendarmes cantaban el nombre del Cacique General Pablito, porque lo querían encontrar para matarlo…"

Cada Pilagá que entrevisto habla de los ingenios. Lo hacen con desgano, como quien conversa de cosas demasiado asumidas. Melitón, por ejemplo, nos muestra su violín de lata y crin de caballo, en el que ejecuta melodías con las que supo entretener a sus compañeros durante la zafra. Fueron tantas, me dice, que ya perdió la cuenta de los años que pasó cortando caña y ganando terreno de monte para el patrón. 

La industria azucarera de la zona se nutrió de la mano de obra indígena, lo mismo que la minería en Bolivia y en Perú. Viajar cientos de kilómetros en tren, caminar largas jornadas y trabajar en las peores condiciones es parte de la rutina Pilagá del último siglo. "Nos llevaban", me explica Melitón, "porque decían que no somos flojos como otras razas". También me cuenta que fue a trabajar desde los 15 años, y que al principio lo hacía a cambio de "ropa, comida y poquita plata, porque qué iba a saber uno cuánto le tenían que pagar", y que dejó de hacerlo por viejo, pero sobre todo porque en los 90’ los ingenios se achicaron y compraron máquinas. 

El que no dice nada es Pedro Palavecino. Ese Pilagá alto y flaco, de mandíbula ancha, me clava sus ojos claros y se queda en silencio. Ni su edad quiere decirme. Pasan unos segundos, esboza una sonrisa irónica y me explica que ya no confía ni en su sombra, y que para entrevistarlo a él tengo que ir con los abogados de la causa. Y no los que son del pueblo, aclara, sino los que están en Chaco. Le digo que bueno, que para otra vez será. "Yo estoy quemado", me responde, "ya no tengo filo, mi amor". Me río de su ocurrencia, pero tengo el mismo temor que al llegar a Las Lomitas: no poder saltar por sobre mi propia cultura para entender su historia. 
Después del fracaso, volvemos hasta el templo y Juan Luis se declara con dolor de estómago. Le propongo que descansemos un poco, pero al rato le digo que mejor no, que si quiere sigamos mañana. El se va, y yo me siento a esperar que comience el culto. Hay poca gente, así que aprovecho para jugar con mi cámara y los niños. Es algo que nunca falla: me acerco a un grupo, les saco una foto y se las muestro. Los pibes se alborotan. La operación se vuelve a repetir varias veces. Mientras hago fotos, intentan enseñarme su idioma: ellos dominan el Pilagá y el castellano con naturalidad. A mi me parece imposible. Cada tanto, trato que alguna imagen salga buena, pero me doy cuenta de que todas son la típica foto del norte que se muestra en Buenos Aires: el chico de cara redonda y flequillo, con el rostro embarrado y sonrisa tierna. Desespero un poco. No quiero colaborar con ese estereotipo falso, lastimero. Los porteños algún día tendrán que entender que cuando uno juega en la tierra, se embarra, y que eso no significa más que lo que significa: que se jugó en la tierra. Ajeno a la polémica, uno de los chicos posa haciendo un gesto extraño con la mano. ¿Y eso?. Soy el hombre araña, me dice. Entonces todos se acomodan para la foto con esa pose. 

De fondo a nuestro juego, la música anuncia el principio del culto. El templo sin techo está adornado con globos de varios colores. Más tarde habrá un cumpleaños de quince. Por ahora, medio centenar de personas entonan canciones religiosas bajo los rayos del sol. Se canta cumbia y polca paraguaya, al compás de órganos electrónicos y un bombo criollo. Saco algunas fotos. La tarde siguiente, cuando se las muestre a Juan Luis, sabré que ese abuelo de corbata amarilla y la señora del fondo son sobrevivientes de la masacre. Pero ese día no me entero de más nada: al tercer tema me vuelvo al hotel.

Lunes por la mañana. Me encuentro con Bartolo Fernandez en Las Lomitas. Bartolo es representante de la Federación Pilagá y está por viajar a un encuentro de comunicadores en Formosa. Tenemos una breve charla, pero enseguida llega más gente: Santiago y Benjamín, que vienen de lejos y van a la misma reunión que Bartolo. Uno de ellos ceba tereré -mate con agua fría- pero a mí no me convida. En algún momento, el ambiente se pone espeso y todos hacen silencio. Trato de pensar que es un silencio natural, que nadie está incómodo, pero el sonido nunca llega. Pienso cómo podría escribir esa situación: decir, por ejemplo, que pasó un ángel, cebó una ronda para todos, y a mí me dejó afuera. Por suerte, suena mi teléfono: me salva la campana. Es Juan Luis, y dice que podemos seguir con el recorrido por su comunidad. Le cuento la novedad a Bartolo y también se ofrece a llevarnos a la suya por la tarde. De repente, parece que todo va a salir bien. 
Una hora después, nos encontramos con Juan Luis y caminamos un kilómetro por una calle de tierra hasta llegar al riacho que todos llaman Madrejón. Aquí, me dice, empezó la masacre. Todavía no había ni monte ni camino. Tampoco estaban el puente de quebracho por el que cruzamos, ni los carteles de propiedad privada que hace unos meses plantaron los gendarmes. Era todo pampa, y apenas si existían los algarrobos, esos árboles centenarios que algunos ancianos Pilagá llaman sobrevivientes y principales testigos de su historia. 
En los alrededores, apenas hay dos o tres casas con paredes de barro y techos de chapa. Uno de esos ranchos es el de Juan Córdoba, que volvió a esas tierras hace menos de un año. Su vuelta no es un hecho más: ese hombre corpulento, de rostro curtido pero tierno, es el hijo de Luciano, uno de los personajes claves para entender esta historia.


Luciano fue el líder de un movimiento religioso que entusiasmó a los pueblos originarios de la zona y alimentó los resquemores de los blancos. "Cuando no existía la ciudad grande en Lomitas", narra Juan Córdoba, "había seis casas nada más, y estaban los gendarmes. Todos estaban en contra de la creencia de dios. Por eso mi papá, Luciano, lo observaba ocultamente". Esa creencia comenzó en 1942, cuando Luciano viajó en tren hasta Formosa y después hasta Chaco. Allí se encontró con John Lagar, un misionero pentecostal oriundo de Norteamérica. Lagar se hizo conocido en la zona por bautizar indígenas. Se dice que más de 10.000 Tobas, Wichis y Pilagá recibieron su bendición, y que a varios de ellos les entregó biblias para ser vendidas en sus lugares de origen. 
Luciano no sabía hablar y mucho menos leer castellano, pero volvió a Las Lomitas con una de esas biblias bajo el brazo. "Empezaron a evangelizar y se instalaron acá, en la orilla del Madrejón", explica su hijo. "En vez de hacer una iglesia, levantaron un montículo de tierra, una corona". Desde allí, Luciano dirigía ceremonias en lengua Pilagá, que comenzaban antes del amanecer y terminaban por la noche. "Cuando veían el lucero de la mañana", dice Juan Córdoba, "empezaban a orar, a hacer bulla, a cantar, a gritar". 
En los testimonios que recopiló el antropólogo Pablo Wright, se sostiene que en 1946 Luciano tuvo una la revelación: la Biblia le habló. Otras versiones señalan que Luciano "se fue en una chalana por el Río Pilcomayo hasta cruzar el gran agua que rodea la tierra, allí murió y se fue al primer cielo". De allí, volvió convertido, y su pueblo lo llamó dios, el dios Luciano. 
Quienes lo conocieron, lo describen como un "hombre alto, grandote, muy serio, que no era charlatán, que observaba mucho". Algunos hablan de que tenía "poder de sanidad", al estilo evangelista actual, y otros le atribuyen características propias de un shamán, lo que los Pilagá llaman pi’ogonaq. "Sanaba enfermos de distintas clases" apunta su hijo, "y venía gente de otras comunidades, y se quedaban a vivir acá. Entonces él dejó del ir al ingenio, porque la gente lo entretenía y la traía ayuda". En su prédica, Luciano tomó algunos elementos de la moral evangélica: no fumar, no tomar, no robar, y las mezcló con ceremonias propias de los Pilagá. Era una época intermedia, un pasaje lento entre las viejas tradiciones indígenas y las creencias introducidas por el hombre blanco. 
Pero la gendarmería no lo entendía así. Del lado de los criollos el malestar no era sólo por miedo a lo desconocido. Los indígenas eran mano de obra barata para la zafra, y los movimientos religiosos, incluso los evangelistas, eran vistos en toda la región como una amenaza. Cualquier acción colectiva tenía que ser sofocada.

Caminamos por el monte. Juan Luis me cuenta de su experiencia como agente sanitario. Las enfermeras, me dice, discriminan mucho a los indígenas. Varias veces escuchó que alguna le decía "pata sucia" a sus paisanos. Que se bañen ellas en invierno con agua fría, respondía Juan Luis, que siempre está dispuesto a defender a los suyos. Porque él es, me dicen, "de los duros de la nueva generación". Para demostrarlo, en el brazo tiene tres cicatrices de quemadura de cigarrillo, la prueba que algunos adolescentes Pilagá se infligen como prueba de su valor. En algún momento, esos jóvenes se organizaban para que los criollos no entrasen a la comunidad a molestar o robar animales. 
Mientras conversamos, llegamos a la casa de Santiago Cabrera. Pero él no está: se fue a buscar leña, y recién al tiempo de dar vueltas por ahí lo vemos bajar del monte con una carretilla cargada de quebracho. Cada diez metros se para, suelta la carretilla, se escupe las manos y vuelve a levantarla. Cuando lo alcanzamos, noto que es muy viejo: hace rato, me dice Juan Luis, que pasó los 80. A simple vista, uno podría pensar que es uno de esos músicos cubanos que parecen inmortales. Tal vez me engañe la sonrisa gigante, o la camisa prendida por un solo botón que le queda tan canchera. Pero su historia no tiene nada que ver con la música. 
Santiago Cabrera volvió a Las Lomitas apenas terminó la masacre. Aquel hombre flaco, por entonces sin arrugas en el rostro, venía de pasar una temporada en los ingenios de Salta, allí donde aprendió a "aguantar el hambre comiendo lo dulce de la caña". Al bajar del tren, un gendarme le apuntó con un arma, y le preguntó si era Pilagá. Santiago no supo qué decir. Después, cuando llegó hasta el Madrejón, se dio cuenta que había pasado algo terrible. Su testimonio será la base, seis décadas después, para que los abogados escriban la presentación judicial. "Con las primeras luces del alba", dirá el escrito, "la imagen es dantesca. Más de 300 cadáveres yacen. Los heridos son rematados. Niños de corta edad, desnudos, caminan o gatean, sucios…envueltos en llanto". 
Muchos de esos muertos eran trabajadores que volvieron de los Ingenios antes que Santiago . En un diario de la época citado por Wright, se narra la situación de 150 aborígenes que caminaron desde El Tabacal, provincia de Salta hasta Las Lomitas, luego de ser despedidos del Ingenio San Martín. Los Pilagá habían sido convocados para trabajar por seis pesos el día, pero al llegar al lugar les dijeron que cobrarían menos de la mitad. Intentaron reclamar y a la mayoría los despidieron sin piedad. La salvación de Santiago Cabrera, lo que le permitió ser testigo, fue llegar a Las Lomitas después que sus compañeros.


En el idioma de los Pilagá, la comunidad Kilómetro 14 tiene otro nombre. Juan Luis me lo repite tres, cuatro veces, hasta que intuyo que su paciencia roza el límite. Me resigno a llamarla así, por su ubicación en el mapa. Son las cinco de la tarde y el sol quema con furia. Yo tengo puesto un gorro de explorador, una remera de fútbol y pantalones anchos. Es ropa fresca y holgada, ideal para sacar fotos con comodidad, pero parece que no es suficiente contra el calor. Me siento un habitante del Polo en el Caribe: todo lo que haga mi afiebrado cuerpo puede ser motivo de risa, y con razón. 
Por estar más alejado del pueblo, el monte aquí se conserva mejor y el clima parece un poco más fresco. En la entrada del Kilómetro 14 nos reciben Julio Quiroga y Norma Navarrete, ambos sobrevivientes de la masacre. Con nosotros vienen Bartolo Fernández, Juan Luis, Santiago y Benjamín, los dos que no me convidaron tereré esta mañana. Pronto, voy a descubrir que ese gesto fue pura timidez. 
Le explicamos a los ancianos que hacemos en la zona, y enseguida se arma una ronda a la que se suman otros miembros de la comunidad. Julio Quiroga avisa que para contarnos todo lo que pasó tendríamos que quedarnos dos o tres días, pero que va a intentar darnos una idea. Y que nos va a hablar en su idioma, porque está cansado y el Pilagá es mucho más fácil. Juan Luis y Santiago me dicen que está todo bien, que entre los dos pueden traducir. El diálogo que comienza es desordenado. Los ancianos hablan, se interrumpen y a veces lo siguen haciendo mientras Juan Luis y Santiago traducen al castellano. En otros tramos, conversamos entre nosotros y no llegamos a entender las cosas que los ancianos explican. Lo que sigue, entonces, es un rompecabezas armado con fragmentos de varias voces mezcladas en una pequeña babel en el monte formoseño.

La toldería de los Pilagá crecía al ritmo de los milagros de Luciano, pero las plegarias no alcanzaban para llenar los estómagos. Lo único que se multiplicaba a orillas del Madrejón eran bocas que alimentar, y la llegada de los desplazados del Ingenio San Martín había agudizado el problema. 
Se pidió ayuda. Primero comida en el pueblo, a veces casa por casa, y cuando ya no fue suficiente apelaron al gobierno nacional. Desde Buenos Aires enviaron tres vagones con alimentos, medicina y ropas, pero el tren quedó varado en la ciudad de Formosa. A Las Lomitas llegó, diez días después, un solo vagón cargado de harina con gorgojos, grasa derretida y galletas verdes. La intoxicación fue una peste. Los gendarmes dirán luego que se trató de una indigestión masiva "por comer demasiado". Para los Pilagá, fue un intento de envenenarlos: aún hoy, si se les pregunta, muchos de ellos sostienen que la comida "estaba maldecida por un cura, para que nos debilitemos". 

El temor crecía de uno y otro lado del Madrejón. En el pueblo la gendarmería emitía bandos y repartía armas entre los civiles. En la toldería de los Pilagá, los ritos y las canciones se multiplicaban: dios nos protegerá de todo, decía Luciano, incluso del hambre y las balas. 
Cuando el Sargento Ayudante Salazar dió su versión de la masacre, escribió que los Pilagá "dejaban oír sus músicas y tambores, metiendo aun más miedo con sus rostros pintados en franca actitud agresiva". En la misma publicación, Salazar dirá que "en realidad, estos indios eran salvajes, como animales". Su compañero, el suboficial Perloff, sostendrá que "llamaba la atención la cantidad de indios Pilagá reunidos, procedentes indudablemente de distintos lugares, pintarrajeados y danzando, como lo hacen según su estilo, momentos previos a la pelea". 

El gobierno nacional volvió a intervenir. Esta vez, pedían que el cacique Paulino Navarro, conocido como Pablito, viajase a Buenos Aires para una entrevista con Perón. Pablito era un hombre joven, con un aro en cada oreja y una cualidad lo distinguía: podía hablar y leer castellano. 

"Pero nunca falta un sueño", se queja Bartolo Fernandez. Lo dice con bronca, con resignación, como para hacerme entender lo que muchos creen: que fue el sueño de una anciana el que terminó de torcer la historia en contra de los Pilagá. Se llamaba Aurora, y se lo narró al cacique Pablito en forma de premonición. "No te vayas Pablito", le advirtió, "porque mi visión es que cuando ustedes vayan a Buenos Aires, antes de llegar te van a matar". Pablito no supo cómo reaccionar. Cuando un comandante de la gendarmería fue a su toldería y le entregó la ropa para viajar, el cacique se vistió de criollo y pidió que lo dejasen sólo con Juanita, su mujer, Al rato salió y le dijo al gendarme que no pensaba ir a ningún lado. El rostro del mensajero se transformó. Le dijo "vos no te vas, pero sabé bien que les vamos a dar caramelos". Nadie sabe por qué, pero así llamaban a las balas en la zona. 

Julio Quiroga lo supo enseguida. Tenía casi 15 años, y limpiaba la cocina de la Gendarmería. La mañana de la masacre, llegó al trabajo y se encontró con un hallazgo: los gendarmes habían confiscado todo lo que los Pilagá podían usar para defenderse. "Habían escopetas, machetes, hachas y biblias", recuerda, "tenían tres cajonadas con las cosas que le habían sacado a la gente". La suerte ya estaba echada. "El patrón dijo que me iba a preparar un bolso con mercadería para que me fuera. Me dijeron que a las 6 me tenía que ir, pero cuando llegué cerca del Madrejón ya estaban los gendarmes cuerpo a tierra". 

Cincuenta años después, el suboficial Perloff dará su versión de esos instantes previos en una revista de la gendarmería. Allí escribirá que "…el cacique Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que concerté una entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un madrejón, nos enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas, apuntando hacia arriba. Entre los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra". 


A las 5 de la tarde, recuerda Julio Quiroga, "empezaron a tirarnos, y escapamos, uno para cada lado, algunos para Pampa del Indio, otros para Campo del Cielo". 
La matanza no terminará en esa tierra regada de cadáveres. Los Pilagá serán perseguidos durante varias semanas y cientos de kilómetros a la redonda. El Sargento Salazar, el único gendarme herido durante la masacre, escribirá años más tarde que, luego del fuego de las ametralladoras, "el grueso de la unidad, acompañado por algunos civiles, penetró en el bosque abriéndose en abanico". El objetivo era que no quedasen testigos. 

Pero quedaron. El cacique Pablito vagó por el monte junto a cien indígenas desesperados y se refugió en Paraguay. El dios Luciano, que para salvar su vida se escondió en un pozo, fue rescatado por sus seguidores y se instaló en Laguna Pato. Allí continuó con su prédica, pero a los pocos años murió. Según su hijo, Luciano se enfermó de miedo y tristeza. Gran parte de los sobrevivientes quedaron marcados. Como explica Bartolo Fernandez, "muchas personas no querían volver para esta zona, porque tenían miedo que los vuelvan a matar. Los ancianos a veces dicen dos palabras, dicen tres palabras largas y lloran. Ya no es como antes". 
Los diarios de la época hablaron de "levantamiento indígena". El diario el Intransigente del 12 de Octubre de 1947, decía que "la sublevación obedecería a una prédica infiltrada entre los aborígenes haciéndoles ver las posibilidades de mejoramiento a que tendrían derecho como nativos y dueños de la tierra que habitan…". Aunque diez días más tarde, en el mismo diario, tuvieron que reconocer que "no resultan tan ciertas las versiones que los indios hubiesen asesinado. Se los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los muertos, nada se sabe en forma oficial porque después de la masacre fueron quemados los cadáveres". La gendarmería, en cambio, publicó un trabajo sobre el tema a principios de los 90, al que tituló "el último alzamiento indígena". 

Hoy el pueblo Pilagá es considerado en extinción: en toda la región chaqueña no quedan más de 5000 . Lo que parece no haber cambiado es la adhesión a la figura de Perón. Cada vez que intenté indagar sobre que responsabilidad tenía el entonces presidente en la masacre, las respuestas fueron evasivas. Al final, Juan Córdoba me explicó que opinaban del General. "Creemos", me dijo, "que era un hombre muy honesto, que ayudaba a los pobres, y que nos enroló y nos dio los documentos".

Norma Navarrete está sentada sobre un pequeño tronco, casi al ras del suelo. Cuando el relato de los otros ancianos está por terminar, ella se levanta y mira al centro de la ronda. Yo quiero hablar, dice, y sus palabras se clavan en la atmósfera caliente del atardecer. Voy a hablar, repite, pero quiero que me den tiempo para hacerlo, por lo menos dos o tres días. No hay tiempo, le decimos: yo me voy por la mañana y no se cuándo podré volver. Entonces hablo ahora, contesta. Santiago, el del tereré, se ofrece para traducir. Norma habla como si cantara. Es una mujer sabia en sus tristezas, y nadie se anima a interrumpirla. 

"Era de noche y tiraron bengalas para iluminar y saber donde estábamos. Eso pasó porque buscábamos un dios. Nosotros fuimos a un lugar que se llama Pampa del Indio. Escapamos ahí. En ese época yo era joven y soltera. Yo llevaba la mercadería y mi mamá el agua. Veníamos escapando, por ahí nos escondíamos, corríamos, llorábamos. Nos fuimos a meter en un estero, durante el día estábamos en una cueva para que no nos vieran los gendarmes. Primero yo llevaba mercadería y mi madre llevaba agua, pero después de algunos días se acabó y pasábamos hambre. Mi abuelo tenía un amuleto de hueso para tener garra, fuerza, para que no te caigas o te demores. Me metía unos chuzazos con eso, muy fuerte, cosa que el hueso del animal penetre en la carne, para que no me duerma, y así lograba escapar día a día, hora a hora. Así llegamos hasta Campo del Cielo. En ese mismo lugar nos rodearon. Y no sé como no nos mataron. Había gente que levantaba nervios, que se preguntaba que iba a pasar con ellos. Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos." 

La voz de Norma es una montaña al borde del derrumbe. Cuando termina de hablar, ya es de noche y apenas nos vemos las caras. Santiago, el del tereré, está conmocionado: apenas puede emitir sonido. Nos quedamos en silencio, pero no es el silencio incómodo de esta mañana: es uno suave, lleno de murmullos y roto de a ratos por la voz de los ancianos que conversan sobre sus recuerdos, como si nosotros ya no estuviésemos allí. 

Citas de Diarios y testimonios recopilados por Pablo Wright: Crónicas del Dios Luciano: Un Culto Sincrético de los Toba y Pilagá del Chaco argentino. P. Wright y Patricia Vuoto. Religiones Latinoamericanas 2 Julio 1991- SN 0188-4050

Fuente: Indymedia Argentina






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viernes, 11 de octubre de 2013

12 DE OCTUBRE 1492: NADAQUECELEBRARMUCHOPARACAMBIAR UN GENOCIDIO QUE CONTINUA



"Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada..."

                     Maldicion de Malinche



http://delarealidadalsuenio.blogspot.com.ar






12 DE OCTUBRE: ¿CELEBRAR EL ÚLTIMO DÍA DE LIBERTAD O EL PRIMERO DE RESISTENCIA?





12 de Octubre: ¿Celebrar el último día de Libertad o el primero de la Resistencia?


Por Fuente: Marcelo Valko - Friday, Oct. 04, 2013 at 1:09 PM

Ciertamente conmemorar un día entre los 365 que tiene un año, no sirve de mucho, apenas para cumplir con el mandato del calendario. Pero si la fecha en cuestión es el 12 de octubre, el asunto adquiere otro matiz. Hasta no hace mucho, cuando estudiábamos en la escuela, festejábamos el Día de la Raza que consistía en celebrar la “providencial” llegada de Colón para “descubrir” estas tierras alejadas de la mano de Dios que confundieron con “La India”.





Hasta no hace mucho, se hacía un poderoso culto de la desmemoria, en realidad se le imponía a la sociedad toda, una pedagogía del olvido y la mentira. Justamente la desmemoria busca borrar culpas, busca mirar para otro lado, procura la inocencia imposible, aspira a que todo siga como está. Pero como ya lo dijo Borges: “solo una cosa no hay y es el olvido”. Y como agregamos nosotros, no existe el olvido porque existen huellas, evidencias, testigos, realidades y documentos que denuncian con toda claridad lo ocurrido. Y todo esta concatenado, y toda está en relación. Justamente los defensores del Día de la Raza, son los mismos que defienden el genocidio perpetrado por el esclavista y anti-obrero Julio Argentino Roca, son los mismos que durante el Proceso de Videla coreaban aquella absurda letanía “por algo será” que repetían como si se tratara de un axioma filosófico capaz de explicar lo imposible de explicar o justificar, como fue la desaparición de decenas de miles de ciudadanos y hasta el secuestro de 500 bebes, de los cuales, felizmente, ya casi un centenar ha sido recuperado. 


De un tiempo a esta parte, desde distintos ámbitos educativos, centros culturales, concejos deliberantes, secretarías de culturas municipales, sindicatos y del Congreso e la Nación, comienza a cuestionarse la celebración del “Día de la Raza”. Cada vez es mayor el consenso que no acepta celebrar con júbilo esa invasión. Por ejemplo, en múltiples actos, se conmemora el 11 de octubre como “ultimo día de la libertad americana” y esta bien que así se haga. Es necesario. Sin embargo, en nuestro caso, preferimos celebrar LO PRIMERO en lugar de LO ULTIMO. Preferimos conmemorar el 12 de octubre como el PRIMER DIA DE RESISTENCIA ante ese ultraje, ante esa ocupación criminal que fue la Conquista, que esta tan pero tan lejos de haber sido un edulcorado “encuentro de culturas”. 


Actos como los que estos días se están realizando en todo el país, sirven, no para terminar, pero si para resquebrajar a la pedagogía de la amnesia y la desmemoria de lo que fue el mayor genocidio de la historia mundial. Estos actos que se multiplican indican un cambio, algo está cambiando, hay deseos de terminar con un país y una historiografía que festeja los genocidios y encumbra a los genocidas. 


Los Hernán Cortes, los Francisco Pizarro, los Julio Argentino Roca, los Jorge Videla deben quedar atrás de una buena vez. Deben quedar atrás aquellos racistas que no pueden aceptar la condición humana del indígena, aquellos que necesitan que los pueblos originarios mantengan su lugar de siervo de la gleba, de combustible biológico, de bárbaro sin raciocinio ni cultura, de sirvientes, en definitiva: de esclavos ante la sombra del amo. 


Justamente para terminar con ese racismo, para acabar con esa discriminación, nos complace sobremanera esta multiplicación de contrafestejos, y las luchas que se derivan de ellos como las que se están protagonizando en tantos lugares del país para sustituir el malsano nombre de Conquista del Desierto y al cruel general Julio Roca, que si logró treparse al bronce de calles y monumentos, se debió al reparto de los millones de hectáreas que en su momento entregó a los apellidos más conspicuos de este país, que como muestra de gratitud lo insertaron para siempre en las laminas escolares de Anteojito. 


Afortunadamente eso esta cambiando, un nuevo tiempo de justicia y fraternidad que recupera el espíritu de mayo, está naciendo. Es lento, pero viene, ya está llegando.



http://argentina.indymedia.org/

"ULTIMO DÍA DE LIBERTAD" marchas para el contrafestejo por Dario Aranda


SOCIEDAD › ORGANIZACIONES ORIGINARIAS CONMEMORAN HOY EL “ULTIMO DIA DE LIBERTAD”

Las organizaciones indígenas plantean 
el 11 de octubre como el fin de su libertad.











Marchas para el contrafestejo


Comunidades indígenas de diversos lugares del país y organizaciones sociales, gremiales y de derechos humanos llevarán adelante actos para conmemorar el día anterior al inicio de la conquista española. Habrá marchas, recitales y documentales.



Por Darío Aranda


“Ultimo día de libertad”, llaman los pueblos indígenas del continente al 11 de octubre. Y, bajo esa misma bandera, marcharán hoy los pueblos originarios en Capital Federal y en Neuquén. En Formosa conmemoraron la masacre indígena de 1947 (en Las Lomitas), y en Tucumán exigirán “juicio y castigo” por el asesinato del comunero diaguita Javier Chocobar (ocurrido el 12 de octubre de 2009). También se movilizarán las asambleas socioambientales a lo largo de la Ruta Nacional 40 (atraviesa el país de Norte a Sur) en denuncia al modelo extractivo y exigiendo el cumplimiento de los derechos de los pueblos originarios. “12 de Octubre, nada que festejar”, aclaró el Consejo Plurinacional Indígena.

En Buenos Aires, a las 13, en Avenida de Mayo y 9 de Julio, se concentrarán pueblos originarios, organizaciones sociales, sindicatos y organismos de derechos humanos. Marcharán hasta Plaza de Mayo con la consigna “En defensa de la vida, el agua y los territorios” y reclamarán “justicia y reparación por el genocidio” padecido por los pueblos originarios.

“Como hace 521 años, hoy la política de desarrollo extractivista y agroexportador continúa con el saqueo, la explotación y avasallamiento de nuestros territorios ancestrales. Los territorios son rifados entre grandes terratenientes, monopolios extranjeros y los amigos y familias del poder. Los territorios sangran por las heridas que profundizan el modelo de Monsanto, Barrick Gold y Chevron-YPF”, denuncian las organizaciones convocantes: Mesa de Pueblos Originarios de Capital Federal y Buenos Aires, el Consejo Plurinacional Indígena, Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH), Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Central de Trabajadores Argentinos (CTA-Pablo Micheli), Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa), Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos (MEDH), Asociación de Abogados de Derecho Indígena (AADI), Comisión de Juristas Indígenas y la organización Resistencia Qom, entre otros.

El Consejo Plurinacional Indígena y la Mesa de Pueblos Originarios también rechazan la inclusión de artículos referidos a los pueblos indígenas en el nuevo Código Civil (denuncian que no hubo participación, como insta la legislación nacional e internacional), denuncian el incumplimiento de la Ley 26.160 (freno a los desalojos y relevamiento de territorios comunitarios) e instan a que haya justicia por los “18 hermanos y hermanas asesinados en los últimos años por defender sus territorios y cultura”.

Hoy a la mañana, en la capital neuquina, partirán en caravana (desde el playón de la Universidad del Comahue) comunidades indígenas y organizaciones sociales nucleadas en la Multisectorial contra la Hidrofractura (fracking). El punto de destino será la comunidad Kaxipayiñ, en el yacimiento de gas Loma la Lata, a orillas de los lagos Barreales y Mari Menuco, que proveen de agua a la ciudad de Neuquén.

La Confederación Mapuche de Neuquén (CMN) explicó que las tres fuentes de agua de la capital provincial están contaminadas (ríos Limay, Neuquén y Mari Menuco). Precisó que la Corte Suprema de la Nación (en el expediente judicial 1274/03) dictaminó la contaminación del lago con petróleo. “El Mari Menuco está contaminado por la actividad hidrocarburífera convencional, sin control y con derrames que nunca fueron saneados. Es urgente tomar medidas ante el avance de las concesiones ya otorgadas de explotación con fracking a sólo metros del mismo lago. Por eso marchamos”, explicó la Confederación Mapuche.

Las actividades comenzaron el 6 de octubre en Parque Chacabuco, en el ya célebre “Contrafestejo”, que incluye recitales, documentales, talleres para niños y charlas debate. El 10, en la localidad de Las Lomitas (Formosa) se inauguró el Museo de la Memoria, que recuerda la “Masacre de La Bomba”. El 10 de octubre de 1947, la Gendarmería Nacional reprimió y asesinó a cientos de indígenas pilagá. La persecución y asesinatos duraron diez días y se extendió hasta cien kilómetros a la redonda. En el 66º aniversario de la matanza, sobrevivientes, hijos y nietos inauguraron un museo que recuerda la violencia ejercida por el Estado y exige justicia para las víctimas.

El 12 de octubre de 2009, en Tucumán, asesinaron al comunero diaguita Javier Chocobar: “1460 días de impunidad”, titula la convocatoria para mañana sábado la comunidad indígena Chuschagasta y la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita. A las 10 habrá un acto en el lugar donde fue asesinado Chocobar y harán una ofrenda a la Pachamama. “El 12 de Octubre es una fecha donde los pueblos rememoran el primer día de resistencia a la invasión colonizadora, pero es también la fecha donde hace cuatro años mataron a Javier Chocobar y fueron heridos tres comuneros. Los imputados están libres a la espera del inicio del juicio oral, que sigue demorándose”, denunció el Pueblo Diaguita y exigió “el inmediato juicio oral”.


http://www.pagina12.com.ar/

viernes, 4 de octubre de 2013

CAMILA Y HERNÁN: POR ELLOS, POR TODOS, POR SU LIBERTAD!!



camila



Los activistas argentinos Camila Speziale y Hernán Pérez Orsi fueron acusados de piratería por la Justicia de Rusia, junto a otros ambientalistas, después de realizar una acción pacífica para impedir que la empresa Gazprom, socia de Shell, hiciera la primera perforación para extraer petróleo en el Polo Norte.

¡Es urgente! No vamos a quedarnos de brazos cruzados. Exigí ahora al Embajador de Rusia en nuestro país que interceda por la liberación de todos los activistas y no permita que las petroleras destruyan el Ártico. Completá ahora este formulario para hacerle llegar tu reclamo.

PARA ACCEDER Y FIRMAR IR A: 

http://www.greenpeace.org/argentina/es/