lunes, 7 de enero de 2019

LA HUELGA QUE TERMINÓ EN MASACRE / a 100 años de la Semana Trágica, que dejó cientos de muertos y el primer pogrom fuera de Europa Por Juan Pablo Csipka




La Semana Trágica expresó el pavor de la derecha argentina al anarquismo. 




A cien años de la Semana Trágica, que dejó cientos de muertos y el primer pogrom fuera de Europa

La huelga que terminó en masacre




El 7 de enero de 1919, el reclamo de los trabajadores de los talleres Vasena derivó en una represión sin precedentes, a cargo del Ejército, la policía y grupos de ultraderecha que durante una semana militarizaron la ciudad de Buenos Aires. 








A las cuatro de la tarde del 7 de enero de 1919, los trabajadores en huelga de los talleres metalúrgicos Vasena marcharon a los depósitos de la empresa, ubicados en Cochabamba y La Rioja, en el barrio porteño de San Cristóbal. Reclamaban que la jornada laboral bajase de once a ocho horas, un aumento en los jornales, descanso dominical y la reincorporación de delegados echados por la empresa. El conflicto había empezado un mes antes y la empresa de Pedro Vasena funcionaba con rompehuelgas y trabajadores que no habían adherido. Un grupo de huelguistas quiso frenar a unos esquiroles que iban a entrar a trabajar. Al no lograrlo, les tiraron piedras. Entonces, efectivos policiales que vigilaban la fábrica comenzaron a disparar a hombres, mujeres y niños. Hubo cuatro muertos y más de treinta heridos. Los metalúrgicos llamaron a la huelga de todo el gremio y estalló lo que pasaría a la historia como la Semana Trágica: un conflicto social de una magnitud sin antecedentes, que dejó cientos de muertos, el primer pogrom fuera de Europa y la politización de los militares, encargados de reprimir a los obreros.

Sindicalistas y anarquistas

Para el gobierno de Hipólito Yrigoyen, el primero electo por la ley de sufragio universal, significó entrar en conflicto con las clases populares que decía representar. También iba a mostrar las tensiones con la inmigración, que se integraba a los criollos desde 1880, y el pavor de la derecha argentina al anarquismo, al que presumía a las puertas de un levantamiento de masas: la Revolución Rusa había ocurrido poco más de un año antes.

Los interlocutores gremiales eran dos centrales obreras, escindidas de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). En su V Congreso, en 1905, la FORA adhirió al anarquismo. Diez años más tarde, el IX Congreso determinó que la central no adhería a ninguna doctrina filosófica o política. Los anarquistas abandonaron el cónclave y así quedaron delineados los dos grupos. La FORA del V Congreso, anarquista, pasó a ser el núcleo intransigente por excelencia; mientras que el gobierno radical trataría de tender puentes con los dirigentes de la FORA del IX Congreso, liderados por Sebastián Marotta, de postura más conciliadora.

La huelga general era un hecho la noche del 7 al 8 de enero, mientras se velaba a los masacrados. Marotta buscaba limitar el paro a no más de dos días y a una serie de reivindicaciones básicas, mientras los anarquistas lanzaban una proclama encendida en su diario La Protesta, que dirigía Diego Abad de Santillán. El 9 de enero, el paro general tuvo un acatamiento altísimo. No hubo transporte y se bloquearon los accesos a la fábrica Vasena. A las tres de la tarde comenzó el multitudinario cortejo fúnebre que llevó a la Chacarita a los caídos del día 7. Un delegado de la FORA del IX hablaba a los presentes cuando comenzaron los disparos de policías que rodeaban el cementerio. La Prensa contabilizó doce muertos. La Vanguardia, órgano de los socialistas, afirmó que fueron más de cincuenta. 

Cuando llegó la noticia a los talleres, los huelguistas que rodeaban el lugar comenzaron a disparar contra la fábrica. La policía fracasó en la represión y al anochecer entró en escena el actor determinante del conflicto: el Ejército. Tropas del Regimiento 3 de Infantería desalojaron a los huelguistas. Ese mismo día, y en previsión de que la policía fuese desbordada, Yrigoyen había nombrado como comandante militar de la Capital al general Luis Dellepiane.

Por la noche, grupos anarquistas atacaron patrullas policiales. Los principales hechos se dieron en la Boca. La prensa masiva habló de cuarenta muertos en toda la jornada; La Vanguardia aseguró que superaban el centenar y que había 400 heridos. Sí había una coincidencia en las crónicas de los diarios: la ausencia de bajas en las fuerzas policiales y militares.

Ciudad militarizada

Yrigoyen comisionó a uno de sus hombres de confianza, Elpidio González, para negociar con la rama conciliadora de la FORA. González se comprometió a que en 24 horas Vasena cedería a los reclamos que llevaron a la huelga y a liberar a los presos. Claro que marcó un límite: no habría indulto para Simón Radowitzky, preso desde hacía una década por haber ultimado al jefe de policía Ramón Falcón. La lucha por su libertad era una bandera de gran parte del movimiento obrero y de los anarquistas. A la noche, el plenario de asociaciones adheridas a la FORA del IX votó por continuar la huelga y se sumaron los ferroviarios.

Al día siguiente, y ante la virulencia de las proclamas anarquistas, Yrigoyen virtualmente militarizó Buenos Aires. Unos 30 mil soldados del Ejército y otros 2 mil de la Marina se distribuyeron por toda la ciudad según el plan ideado por Dellepiane. Mientras, el presidente, tironeado por debates en el Congreso, en los que se alternaban reclamos de los socialistas para dictar una ley que amparase a los sindicatos y discursos de los conservadores que exigían el estado de sitio, se entrevistaba en la Casa Rosada con Vasena, que llegó acompañado por el embajador británico: el industrial se había asociado a capitales ingleses. Yrigoyen le reclamó que cediera a los huelguistas, en una jornada en la que llegaban noticias de ciudades como Rosario, Mar del Plata y Bahía Blanca: ferroviarios, portuarios, esquiladores, entre otros, habían paralizado sus actividades por completo. 

Para entonces, la disputa se libraba al seno del sindicalismo. La FORA del V quería profundizar la huelga; la FORA del IX se aprestaba a terminar el conflicto. Esa noche, Marotta anunció el fin de la huelga, con el apoyo de distintas facciones del socialismo. Sin embargo, la magnitud de la protesta hizo que no se acatara la resolución.

Al anochecer, grupos anarquistas atacaron sin éxito varias comisarías. La tensión era tan grande que, cuando se sintieron disparos a metros del Departamento Central de Policía, se repelió un ataque que no era tal y el propio Dellepiane, que justo llegaba, fue recibido a balazos por sus hombres y salió ileso.

Pogrom en el Once

11 de enero: Vasena negocia con el gobierno radical y la FORA del IX. La jornada pasaba a ser de ocho horas, con aumentos del 50, 40, 30 y 20 por ciento según el jornal, más un cobro del 100 por ciento en el jornal de domingo. Además, se reincorporaba a todos los cesados e iban a ser liberados los detenidos, salvo Radowitzky.

La facción anarquista de la FORA desconoció el acuerdo, igual que los metalúrgicos, que denunciaron no haber sido llamados a la negociación. La tarde del 11 hubo choques en Constitución y Balvanera. Un grupo intentó, sin éxito, asaltar el Palacio de Aguas Corrientes para dejar sin suministro a la ciudad. Por la noche, se dieron choques con la policía y un grupo formado un día antes en el Centro Naval, que respondía al nombre de Defensores del Orden, y que pasaría a la historia como Liga Patriótica Argentina, bajo el liderazgo de Manuel Carlés. Formada por miembros de la clase alta porteña, horrorizada por el ascenso del yrigoyenismo y los inmigrantes pasibles de ser expulsados por la Ley de Residencia, la Liga inscribió su nombre en la historia del antisemitismo. Mientras el 11 de enero las redadas terminaban con miles de detenidos, integrantes de la Liga se dedicaron a atacar negocios de judíos. Saqueos, incendios y palizas formaron parte del paisaje de esa noche. Un pogrom digno de aquellos de los que habían huido muchas víctimas de la Liga se consumó alrededor de Plaza Miserere.

Entre los detenidos de aquella noche estuvo Pinie Wald, editor del diario socialista judío Avangard. Diez años después de los sucesos, publicó un libro en yiddish, titulado Pesadilla, en el que relató cómo fue torturado. Lo acusaban de querer implantar un soviet en la Argentina, al igual que al ucraniano Sergio Suslow y otros arrestados. A ese nivel había llegado la paranoia de la derecha. 

Los metalúrgicos levantaron la huelga el 13, y el 14 cesó el paro general. Ese día, radicales y conservadores aprobaron el estado de sitio en Diputados. La iniciativa naufragó a los pocos días en el Senado, donde la bancada oficialista fue su más fervorosa impulsora. El día que se levantó la huelga, La Vanguardia cifró los números de la represión en 700 muertos y 2 mil heridos. Para La Nación, totalizaron cien muertos y 400 heridos.

La derecha se organiza

Días más tarde, los principales bancos del país abrieron cuentas para depositar dinero a nombre de la flamante Liga Patriótica, una iniciativa que contó con el apoyo de la Bolsa de Comercio y la Sociedad Rural, entre otros grupos concentrados. Julio Godio, estudioso de la Semana Trágica, lo graficó así: “El gran capital extranjero y el nacional se coaligaban con el fin de contrarrestar la creciente combatividad y espíritu revolucionario de los trabajadores argentinos”. El 19 de enero se formalizó la fundación de la Liga, bajo el lema “Patria y Orden”. Entre apellidos como Martínez de Hoz y Nazar Anchorena figuraba el jefe de la represión: el general Dellepiane.

Si Buenos Aires había sido epicentro de una violencia que los radicales aún hoy relativizan, con los militares como mano de obra, se podía replicar esa lógica en un conflicto similar a cientos de kilómetros. Fue lo que ocurrió en Santa Cruz en 1921. El Ejército asumía funciones que antes eran de la policía en cuanto al control social y la represión. La fuerza se politizó y se crearon logias militares durante los años 20. El camino quedaba tapizado hacia el primer golpe de Estado.



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martes, 1 de enero de 2019

A SESENTA AÑOS DE LA REVOLUCIÓN CUBANA Por Gustavo Veiga



Fidel Castro entrando a La Habana con Camino Cienfuegos (izq.) el 8 de enero de 1959. 





Uno de los hechos históricos más importantes del siglo XX

A sesenta años de la Revolución Cubana



Queda la obra de Fidel Castro, la prédica sobre el hombre nuevo del Che; avances y retrocesos nombran esa revolución. La Cuba de hoy tiene nuevo presidente y nueva Constitución. El Partido Comunista continúa como eje vertebrador.








Sesenta años de la Revolución Cubana se cumplen hoy. 60 hechos, personajes, luchas, momentos, avances y retrocesos hablan por ella, le dan un significado y una identidad propia. En palabras –porque la Revolución también se nutrió de muchas palabras–, quedan los extensos discursos de Fidel Castro ante multitudes que lo seguían con fascinación o aquel poema de Nicolás Guillén: “Alcemos una muralla, juntando todas las manos, juntando todas las manos, los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos”. Queda la obra del comandante de la Sierra Maestra, la presencia del Che Guevara y su prédica sobre el hombre nuevo, la imagen sonriente de Camilo Cienfuegos. Surgen desde el fondo de la historia las gestas que precedieron a esta gesta, como el arrojo y muerte de José Martí en 1895 durante la batalla de Dos Ríos –el apóstol, como lo llaman en la isla– que ya hablaba del antimperialismo a fines del siglo XIX. Vuelve con fuerza el asalto al Cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, un fracaso del que germinó el camino a la victoria que transportaría el buque Granma tres años después.


La Revolución Cubana es la entrada a La Habana encabezada por Camilo y el Che al frente de su columna de barbudos, mientras Fidel lideraba la caravana triunfante en Bayamo (tardaría una semana más en llegar a la capital). Es la Primera Ley de reforma agraria firmada el 17 de mayo de 1959. También la nacionalización de las empresas extranjeras en 1960 y el ambicioso plan de alfabetización que comenzó el primer día de 1961, y abrió el llamado Año de la Educación. Un año donde Fidel proclamó el carácter socialista de la Revolución desde la tradicional esquina de El Vedado, en 23 y 12. Es además, y como reza en un inmenso cartel junto al museo de Playa Girón, la primera derrota del imperialismo en América Latina entre el 17 y 19 de abril del 61. O la primera victoria del ejército revolucionario ya con Fulgencio Batista vencido y exiliado desde el 31 de enero de 1959. Moriría en Marbella en 1973. 

La zozobra mundial por la crisis de los misiles de octubre de 1962 abrió la primera grieta entre Cuba y la Unión Soviética, cuando Fidel no fue consultado por el retiro de un arsenal que apuntaba desde la isla hacia Estados Unidos. Pero al año siguiente, el líder de la Revolución, haría un viaje tan largo como sus discursos, e impensado para los cánones diplomáticos. Visitó la URSS durante 38 días entre abril y mayo de 1963. De esos años solo sobrevive un hecho político. Porque se cayeron la Unión Soviética y el Muro de Berlín, no queda ni uno de sus misiles, los planes de alfabetización y de entrega de tierras a los campesinos terminaron con éxito, pero el bloqueo de EE.UU. sigue ahí, nunca perecedero. 

Contra ese acto de guerra, tal como consta en la Convención de Ginebra de 1948 para la Prevención y la Sanción del delito de genocidio, la Revolución le ha opuesto su internacionalismo, una de sus huellas indelebles. Internacionalismo en los 70 durante la campaña de Angola, donde combatió al régimen racista sudafricano y a sus aliados locales. Internacionalismo en los años más recientes, con miles de médicos diseminados por el mundo para combatir el ébola en África o llevar su conocimiento y profesionalismo a Brasil. Ahí donde la mayoría no quiere ir.

La Revolución es además su medicina prestigiosa, los avances en biotecnología, su solidaridad donde haga falta, pero también sus serios problemas de infraestructura edilicia, sus reformas trabajosas, la burocracia galopante y la baja calidad del combustible, o la escasez de determinados bienes que se intentan superar. Son las críticas que le llueven desde afuera por su sistema de partido único o la intransigencia con la disidencia financiada por organizaciones estatales de EE.UU. 

La Revolución ha sido amiga de Hemingway, se enorgullece de la bailarina Alicia Alonso –quien con 97 años es una celebridad–, también de su teatro Karl Marx; canta las letras de sus trovadores, de Silvio Rodríguez a Carlos Puebla o el músico y diputado Raúl Torres (autor de Cabalgando con Fidel, una canción homenaje que se volvió viral en la isla). Es un modelo deportivo que compite a un mismo nivel en varias disciplinas con los países capitalistas desde hace décadas, es el boxeador Teófilo Stevenson y el mejor saltador en altura de la historia, Javier Sotomayor. La Revolución es hija de un pueblo que vivió la crisis de los balseros, que soporta la mutilación de Guantánamo a su territorio impuesta por Estados Unidos, que sufrió atentados como el del avión de Barbados en 1976, que de la política de distensión y visita a La Habana de Barack Obama pasó a los arrebatos coléricos o las acusaciones de ataques sónicos elucubradas por el gobierno de Donald Trump. 

Cuba en estos sesenta años ha sido o es un 1º de mayo en la Plaza de la Revolución, el trabajo voluntario que instituyó el Che Guevara, su majestuoso mausoleo en Santa Clara, el tren batistiano que destruyó el comandante argentino hoy transformado en pieza de museo, es su recordado discurso en Punta del Este, la réplica del buque Granma que condujo a los 82 guerrilleros que desembarcaron en la playa Las Coloradas o el cuartel Moncada transformado en ciudad escolar. Es esa historia revolucionaria pero además, La Habana Vieja, patrimonio de la humanidad; Santiago de Cuba donde nació el movimiento 26 de Julio; su oferta de turismo cultural y la preservación de sus hermosas playas; el aniversario por los 500 años de la fundación de La Habana que se cumplirá el próximo 16 de noviembre; sus peculiares almendrones (automóviles Cadillac o Ford de los años 50), el Capitolio o el célebre Museo de la Revolución. 

Es uno de los hechos más importantes del siglo XX que este 1º de enero cumple 60 años. Es su Partido Comunista como eje vertebrador. Es Raúl Castro, su conductor de las últimas reformas. Es la nueva constitución discutida en asambleas de ciudadanos. Es Miguel Díaz Canel, su nuevo presidente, el primero que siguió en el gobierno a los dos hermanos Castro. Es también lo que dejó atrás: el período especial que siguió a la caída de la URSS y la referencia más perdurable para los sueños revolucionarios, aún castigados y en retroceso a escala planetaria. 

Es un fenómeno político con los mejores índices de educación y salud –incluso por encima de naciones de sobrado desarrollo–, que erradicó el analfabetismo y que es un ejemplo a seguir para la UNESCO por su elevado índice de igualdad de género en las escuelas, según un informe de 2015. La Revolución cubana tampoco será recordada por el culto a la personalidad, porque no existe. Antes de su muerte, el 26 de noviembre de 2016, Fidel Castro dejó expresada su voluntad, que cobró fuerza de ley. No quiso que su nombre fuera colocado a “instituciones, plazas, parques, avenidas, calles y otros lugares públicos, así como cualquier tipo de condecoración, reconocimiento o título honorífico”. La Revolución es su principal legado para las generaciones de cubanos que no la vivieron. 








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