viernes, 17 de diciembre de 2010

EL ESTADO NACION: LO QUE QUEDA.

“…Hay todo un sistema de poder que trabaja de manera muy inteligente para convencernos de que las injusticias de la historia son fatalidades del destino y que no tenemos más remedio que acepatarlo "                                                                       
                                                                                                         
Eduardo Galeano

En la dialéctica de la globalización capitalista, la marginalidad social no solo es una condición necesaria de la estructura económica, que continuamente se emancipa de amplios sectores de la producción, en virtud de su tecnificación sistemática, sino también y en consecuencia con ella lo es el Estado. El cual asume un nuevo rol o papel de dominación específica que actúa por omisión o  alejamiento de las clases más empobrecidas y desposeídas. No hay por lo tanto una exclusión de carácter general, sin que vaya acompañada por la parcial o total extinción de las  funciones  estatales ,  allí donde ya no tienen intereses de ningún orden, las corporaciones de poder, las finanzas, la producción, en síntesis el modelo neoliberal globalizado. Donde el Estado no hace falta para someter, se lo saca, y  la privación  de poder  configura una forma concreta de ejecutar  políticas de extinción. Nada nos habla más claro de esta realidad,  que las nuevas formas en que se estructura y organiza esa potestad  en nuestros días, a través de un estado tecnocrático, de mercado, reducido socialmente a lo indispensable, elitista y profundamente interconectado con diversos sectores que están por encima de lo meramente  ideológico, y que a su vez son parte de una superestructura integrada a los negocios de todo orden, en donde cada vez más el crimen organizado asume un papel determinante y de liderazgo. En otras palabras: el poder devenido en delito institucionalizado.

El Estado-Nación de otrora, que surgiera  con la necesidad de fundir en una sola geografía política, a la población  con la soberanía, para una cohesión y  dominación eficaz y  permanente, allá por 1648, concluyendo al fin con aquel anacrónico feudalismo, no hizo más que homologar  con tratados  lo que en  la realidad era un hecho; ese mismo Estado que con grandes pensadores y revoluciones se oficializó en 1789, y luego alcanzara  su gloria, su orden mundial, su infinito abrazo en el tiempo, ese dejó de ser lo que la burguesía capitalista del siglo XIX  le impuso con desvelo, para concluir en un sectorizado  pero definido  aparato  de poder. Deja de ser formalmente el Estado  que se eleva por sobre toda la sociedad para erigirse, ahora en una  primacia que solo funciona para algunos.

Todo aquello  que represente un obstáculo para el libre desarrollo, para la  movilidad territorial y financiera del capital y sus entramadas transacciones, debe ser quitado del medio, anulado. Entre ellos el Estado como concepción de institucionalidad integral de potestad para el conjunto de la sociedad. El Estado en la lógica del modelo neoliberal solo debe existir como un instrumento burocráticamente tecnificado, excluyentemente en sus áreas de administración económica, y  preeminentemente  en los niveles de orden intelectual  político-ideológico, jurídico y de seguridad,  que garanticen una funcionalidad fluida  y permanente con sus intereses. La apariencia que se nos entrega como un todo  de derecho constituido, es  una forma fallida, encubierta de aquello que fue y que ahora solo permanece erguido como una fachada  raquítica de puesta en escena social. Un Estado simbólico, en este sentido, que solo sirve para imponerse por presencia o ausencia,  por lo que quedó  de él  cómo imaginario colectivo de autoridad. Sin necesidad de estar se impone, sin necesidad de exigir consigue normar. Se extingue en las antípodas  del  ideal revolucionario que lo pensó así, cuando ya la sociedad no lo necesitara, en virtud  que  las condiciones objetivas que determinaron su existencia, desapareciesen al  haber alcanzado, la humanidad,  el comunismo en su plenitud.

En la modalidad que se le ha planteado al Estado en la crisis de la globalización neoliberal, aparece como central la capacidad de garantizar la incondicional preeminencia del capital y sus características de traslación y movilidad constante;  unificación de los mercados y la absoluta libertad de circulación. Además la de conformar un moderno  andamiaje legislativo de todo el nuevo orden jurídico,  acorde con este propósito.  A su vez se ha gestado una inmensa masa planetaria de consumismo que adquiere condiciones sin ecu a non, para lo que consideran,  una sustentable y decisiva  permanencia del modelo. Y todo ello desde un eje imperialista que actúa con toda su parafernalia de dominio, con toda su capacidad cintifico-tecnologica, industrial y militar, regurgitando una y otra vez su cultura, su estilo de vida, sus creencias, cada vez que invade, que golpea, que destruye, en resumen, cada vez  que  hace prevalecer su naturaleza de superpotencia.
Ante este verdadero pandemonium, la culata del sistema repercute con canibalismo y ensañamiento en la vacuidad profesada por aquel Estado paternalista, que ahora ya  se relegó  de gran parte  de sus hijos.
De aquí  las consecuencias insostenibles de la crisis, la miseria estalla por todas partes, la matriz en la que se sustenta la riqueza  obscena de los que más tienen,  se  basa en una de las grandes producciones que el modelo conlleva: la de más y más pobres.

EL SISTEMA GENERA MISERIA
 Los datos , La gente:
  • Con el umbral de 2 dólares al día, son 2.800 millones de personas, casi la mitad de la humanidad, quienes viven sin los recursos necesarios para supervivir.
En los países pobres hay más de  120 millones de personas que  carecen de agua potable.
  • 842 millones de adultos son analfabetas.
  • 766 millones no cuentan con servicios de salud


  • 507 millones cuentan con una esperanza de vida de tan sólo 40 años de edad.

  • 158 millones de niños sufren algún grado de desnutrición.  Y 110 millones en edad escolar no asisten a la escuela.
Información de Naciones Unidas 

A quienes les importan? Cada  vez son más y más y no se detienen. En la que actualmente se denomina “La Aldea Global”,  se mueven atribulados,  como si fuesen hormigas buscando un rincón donde sobrevivir. ¡Pobres hermanos nuestros, pobres de toda pobreza!  Ya no hay fronteras que los detengan, no hay murallas que los paren, se han convertido en la zozobra del “American way of life”  y en la salvación de muchos otros Estados que no solo se han sacado el problema de encima, sino que con la inmigración cuentan con una fructífera y cada vez más creciente fabrica de dinero móvil, millones y millones de dólares enviados desde EEUU a su lugar de origen, como ejemplo vaya el país que más ha crecido en este sentido: México.
Y en ese viaje “sin fronteras”, las mafias que  trafican con ellos  asumen un movimiento regulado y casi sin trabas para su  traslado. En uno de los  negocios más turbios e infames, que incluyen todas “las variedades del rubro” de   trata de personas. Pobrísimas gentes  estafadas en sus aspiraciones y luego  reducidas  a la servidumbre,  hacinadas en conglomerados “urbanos” de cuarta categoría, si les va en suerte caer  en algún país del primer mundo,  y  para los otros,  sin tanta ventura, terminar aquella travesía de desarraigo y angustia,  en nuestras villas de miseria.
"Ciudadanos del mundo", de la globalidad silenciosa, siempre expuestos a lo peor de la marginalidad: al narcotráfico, la prostitución de adultos y la  infantil,  a la delincuencia  y  a un estilo de existencia violentada;   al pago de alquileres inadmisibles, al clientelismo político y social como único modo de supervivencia, a la xenofobia más cruel y sangrienta, que no solo justifica la explotación de los más débiles,  sino que exhibe la punta de una sociedad en descomposición y peligrosamente identificada-sin saberlo del todo- con el fascismo. Tanto en el Sur como en Norte, en La Europa como en Asia, “en todas partes se cuecen habas”…

Toda esa marea humana que para el sistema es escoria, para el Estado,  también lo es,  caracterizada de gente, pero que en realidad, para este,  solo son sujetos  electorales, cosificados para ese propósito,  cuando mucho,  para ser tenidos en cuenta  para cada votación en donde su molesta presencia  haga falta, como un mal necesario.

Raúl Olivares
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